El Agente. La antropología criminal II

Con todo lo anterior, aún no hay una posible respuesta a la pregunta: ¿Por qué el agente se apropia residualmente del valor acumulado por el principal? ¿Cuál es la causa que lleva al agente a delinquir? Esta pregunta es de gran alcance, pues, como se ha mostrado de manera sucinta, existen al menos dos teorías que se refieren a dicho fenómeno, pero ambas carecen del soporte predictivo. Si esta afirmación se acepta como cierta, podría deducirse que ambas teorías son regresivas (Lakatos, 1974), es decir, carecen de lógica externa ya que enfrenta anomalías sin hipótesis auxiliares, y por tanto, no predicen hechos nuevos; o bien, su edificio hipotético-deductivo es débil, pese a la evidencia acumulada de los hechos de interés (Bunge, 2011), es decir, carecen de lógica interna, y por tanto, las proposiciones no concuerdan con los hechos atómicos; o bien, los hechos significativos o anomalías no encajan con la articulación teórica de la ciencia normal, el rompecabezas no está resuelto (Kuhn, 2013), es decir, no cambian paradigmas. Como dice Popper (1991): “buscamos teorías con un alto grado de corroboración, como científicos no buscamos teorías altamente probables, sino explicaciones (p86)”.  Agrega más abajo:

(es) preferible la teoría que nos dice más o sea, la teoría que contiene mayor cantidad de información o contenido empíricos; que es lógicamente más fuerte; que tiene mayor poder explicativo y predictivo; y que por ende, puede ser testada más severamente comparando los hechos predichos con las observaciones. En resumen, preferimos una teoría interesante, audaz e informativa en alto grado a una teoría rival (pp.266-227)”.

Pese a lo anterior, Popper (1991. p.83) indica que hay cierto tipo de teorías, que pese a sus debilidades, son de mucha utilidad por su simpleza de cálculo o de interpretación.

La tesis de este trabajo intenta aportar algo de luz a las preguntas iniciales, desde la perspectiva bio-psico-social (Bonilla y Fernández. 2006. p68) o antropológica en sus diferentes vertientes, pero alejada de los aspectos legales, penales o judiciales, ya que todo pueblo según su grado de desarrollo respecto a los derechos de propiedad (Demsetz. 1987) entenderá y penalizará determinado acto que esa misma sociedad rechace dentro de las costumbres o el marco legal. A raíz de esto, es posible entender que el constructo de delito o criminalidad es una configuración social establecida y no genéticamente determinada que se gatilla por el ambiente (Vega 2009.  p.151).

En este sentido, para Di Tullio (1950), amparando su argumento en los estudios de Pende, Ferri y Lombardi, concluye que el ambiente en la criminología tiene un límite acotado de influencia sobre el individuo, puesto que siempre los aspectos originales de la personalidad se manifestarán socialmente. Pero como indican estos autores, se reconoce que el ambiente actúa sobre el desarrollo psíquico y moral, siempre el delincuente actuará sobre la base de un ambiente delictuoso, donde tiende a formarlo, modificarlo o cambiarlo según la disposición temporal de esta base y las vicisitudes que la vida le impone. Sea dicho además, que el grado de inteligencia del delincuente determinará su capacidad para adquirir y utilizar el ambiente, “así el grado de moralidad individual no es sino solamente la consecuencia del ambiente en que se vive, pero siempre proporcional […] a la capacidad de desenvolverse en sentido moral (p.182)”, pero, serán coordinadas y graduadas por los instintos fundamentales, y al grado de sublimación de los aspectos sociales y morales del delincuente. Es decir, sus actuaciones desarrolladas en el ambiente son predominantemente a causa de la dinámica de los factores de la personalidad (Luengo et al. 2002), por lo que Di Tullio finaliza indicando que cualquier interpretación sociológica del delito, es posterior al estudio de la personalidad del delincuente.

  1. Biología y conducta antisocial del agente

De lo anterior, lo que se busca establecer, como ya se ha dicho, es aportar algún prolegómeno desde los avances de la antropología en la interpretación de los motivos del agente dentro de la teoría de agencia, basado en aspectos constitucionales del delincuente[1], en donde el ambiente o la ecología es la habitación que lo recibe, que lo acoge, que le da sentido al movimiento de su alma. Es decir, “una sola unidad hecha de cuerpo animado y de alma encarnada (Di Tullio. 1950. p.9)”, no viéndose afectado “pasivamente (por) el ambiente(p.93)”, sino más bien, reaccionando a él, desde sus fuerzas del instinto, la herencia y de la madurez de la biología moral. Que en su totalidad y unidad, con tonos y dinámica más o menos reconocibles, guían al agente hacia el delito.

Como se ha indicado en este documento, la teoría de agencia no explora las posibilidades causales, más allá de la relación entre moral y flujo de caja libre[2] (Williamson. 1974; Jensen. 1986, Jensen y Meckling. 1984) y en virtud de un contrato, o lo que es lo mismo, en ocasión del trabajo y su estatus social (Sutherland. 1949); sin dejar de lado los hallazgos de la misma teoría de agencia, para dirigir una explicación desde el alma de ese agente.

Ya desde Lombroso (1876), se ha sostenido que los actos criminales surgen desde las alteraciones de la vida instintiva y de la afectividad, con mayor fuerza en los llamados criminales constitucionales o a causa de su morfología y estructura fisio-psicológica. De estos descubrimientos se “deduce que es en el sistema nervioso, y sobretodo el cerebro vegetativo, donde queda establecida la sede de las perturbaciones de la esfera instintivo-afectivo (Di Tullio. 1950, p140)”, por tanto, representa el núcleo de la base criminal y mediante ella su realización al exterior, con algún grado de inhibición de estas fuerzas por parte del criminal. Ante esto, el sistema nervioso vegetativo[3] y el sistema nervioso de relación actúan entre sí, con diferente intensidad de modo de producir una personalidad consciente e inconsciente, produciendo cierto tipo de actividad psíquica por parte del individuo.

Otro de los aspectos de importancia, de carácter biológico de la conducta criminal, es la herencia, puesto que en nosotros reviven nuestros antepasados, lo cual determina el modo que nuestro organismo “resiste, combate, vence o sucumbe[4]”. Para Maturana y Varela (2012) la herencia es “toda vez que se da una serie histórica. Es decir, encontramos la reaparición de configuraciones estructurales propias de un miembro de una serie en el que le sigue (p.44)”. Agregan que, si bien se producen algunas diferencias entre una serie histórica, de algún modo mantendrán un patrón hereditario, cito textual:

Independientemente de cómo se genere, toda vez que se da una serie histórica, se da el fenómeno hereditario. […] Esto se evidencia tanto en la realización de la organización propia de la clase, como en otras características individuales. […] El fenómeno de la reproducción implica, necesariamente, la generación tanto de semejanzas como de diferencias estructurales entre “progenitores”, “hijos”, y “hermanos”. A aquellos aspectos de la estructura inicial de la nueva unidad que evaluamos como idéntica a la unidad original llamamos herencia; a aquellos aspectos de la estructura inicial de la nueva unidad que evaluamos como distinto de la unidad original llamamos variación reproductiva. Por todo esto, cada nueva unidad comienza obligadamente su historia individual con semejanzas y diferencias estructurales con respecto a sus antecedentes, las que se conservan o pierden según sea las circunstancias de sus respectivas ontogenias […] (p.44)”.

En este sentido, se estima que “la educación y el ambiente pueden sólo modificar y atenuar las malas tendencias, cuando no son demasiado fuertes[5]”. Sin embargo, es claro que no pueden ser desarraigadas convenientemente las propiedades de la herencia. En la carga genética y el ambiente subyace la conducta antisocial, en que ambos factores toman distinta participación, ya sea, por los diferentes configuraciones del ambiente que enfrenta el delincuente durante su vida, y las modificaciones neuronales y de los neurotransmisores (Bonilla y Fernández. 2006), pero según las evidencias, la carga genética contribuye significativamente en la conducta y la personalidad del individuo (Ferguson. 2010.  p.164).

En la antropología criminal se reitera al indicar que la estructura fundamental de la personalidad individual, ya desde la fase embrionaria y el desarrollo insipiente del instinto, son el sostén de las potenciales anomalías cualitativas y cuantitativas que mostrará la conducta del individuo el resto de su vida[6]. Se entiende a partir de esto, que dicha conducta es la resultante de dos fuerzas, a saber: el instinto y la voluntad, aunque su dinámica podría ser independiente entre ellas o complementaria, dependiendo de las fuerzas de cada una, pero finalmente, definirán la conducta del individuo. Aunque como se ha dicho, esto está en la esfera instinto-afectiva, adicional a esto, también elementos o factores congénitos podrán intervenir como causales de delito[7]. En este sentido, nada se puede desarrollar en el individuo que no se origine de la fuerza de los instintos, y es desde aquí que se crean las necesidades y las tendencias, y con esto, finalmente, los hábitos[8], que reflejarán el desarrollo de la propia personalidad psíquica y moral. Esta comprensión es vital, ya que las condiciones de inestabilidad o desequilibrio de dichas fuerzas harán a un individuo amoral o con conductas patológicas. Este hecho, podría perturbar otras actividades instintivas del individuo, sean intelectuales o afectivas, las que podrían establecer un determinismo bio-psicológico del individuo en las más comunes actividades delictivas[9].

Un hecho importante a destacar, es lo concerniente a que en la vida instintiva hay disposición afectiva y también, disposición de la voluntad. Ambas configuran un cuadro en que en el individuo surgen variadas “tendencias antisociales, cual es el egoísmo prepotente, la avidez, la repugnancia al trabajo, las reactividades sin normas, la intolerancia a la disciplina, el escaso respeto a la autoridad y a la justicia, la indiferencia por los males ajenos, la ausencia de sentimientos superiores altruistas”[10], entre otros. En resumen, el desarrollo anormal de las fuerzas instintivas, puede formar una personalidad débil moralmente, lo que definirá una predisposición, pero no una predeterminación al delito.

Como puede apreciarse, la predisposición al delito descansa sobre una base biológica, que tiene como elementos, el instinto, la herencia y la voluntad. Sin embargo, existes fuerzas inhibitorias encontradas en el ambiente, que podrían incidir en la evolución física y psíquica individual, ya manifiesta desde el cuerpo materno como ambiente embrionario, que en su conjuntos podrían hacer del individuo predisponente al delito, parecer normal en condiciones ambientales favorables, en donde los demás individuos se manifiestan honestos[11]. Cabe destacar, que el delincuente latente o (1) predisponentes, dada su condición endógena, podría verse estimulado ante la participación de otros factores causales, los que se denominan como (2) factores secundarios o preparatorios y promotores u ocasionales de la criminalidad, los “que De Santis describe bajo el nombre de factores realizadores de la criminalidad latente[12]. Los primeros ligados a las características bio-psicológicas fundamentales de la personalidad individual, los segundos se ligan a todas aquellas condiciones biológicas y sociales que provocan o amortiguan la predisposición al delito. Este análisis es fundamental al momento de examinar los elementos causales del delito, es decir, cuáles son los “factores esenciales y específicos, y cuáles los accidentales y facultativos[13]”.

Otro factor que ha sido de relevancia en el análisis criminoso, es el referido al sistema endocrino (Ruiz Funes, 1927; Di Tullio, 1950; Mata, 1951; Rodríguez 1981, Weor, 2001) o lo que es lo mismo, las glándulas de secreción interna.  Tal como indica Di Tullio, esto no quiere decir que las disfunciones endocrinas son plenamente “las causantes directas y exclusivas de los comunes fenómenos criminosos[14]”:

Lo que puede llamarse la constelación hormónica del delincuente común, han podido poner bien de relieve la frecuencia e disfunciones de las glándulas de secreción interna, de la tiroides a la paratiroides, de la pituitaria a las suprarrenales, de los genitales a las tímicas, etcétera confirmando así la existencia en ellos de perturbaciones endocrinas que, como es bien, notorio, pueden tener no leve influencia sobre el desarrollo del temperamento, y por consiguiente, del carácter individual. (p.71)”.

En este sentido, el distiroidismo es una evidencia hormónica encontrada en delincuentes ocasionales impulsivos y dispituitarismo en ladrones, falsarios y estafadores. En el caso de aquellos delincuentes de constitución de tipo longilíneo-microesplácnicos, las evidencias muestran que su hábito delictual es de ladrón. Los temperamentos endocrinos de hipertimismo se encuentran delincuentes contra la propiedad, asociadas a otras disendocrinas (dispituitirismo)[15].

Anímate y deja tu comentario al final de este documento.

[1] Para Di Tullio el concepto de constitución delictual no debe considerarse de una manera peyorativa o morbosa, puesto, que la idea en dicho concepto no guarda relación con algún tipo de enfermedad, más bien, que en todo tiempo y en todo tipo de sociedad, se presentan individuos que se diferencian de la mayoría por el hecho de presentar habilidades sobresalientes para delinquir (Vid.pp66-67). En este sentido, “no existen caracteres morfológicos, macroscópicos especiales, que pueden ser considerados verdaderamente específicos para la constitución delincuencial (p.69)”.

[2] Citando a Di Tullio: “[…] los delitos contra la propiedad, es necesario considerar que tal actividad criminosa surge siempre sobre la base de particulares condiciones bio-psíquicas, y más particularmente de desviaciones cualitativas y cuantitativas de la actividad instintiva concerniente sobre todo al instinto de conservación y los instintos derivados del gozo y de la propiedad, de los que unidos se viene a desarrollar un estado tendencial hacia el robo en general (p.229). […] queda bien claro que no puede hablarse de tendencias al robo sino cuando existen en el individuo particulares desviaciones instintivas, ligadas a una particular forma de hipo-evolución, psico-ética de la personalidad individual (p.231). […] Es fácil comprender ahora cómo todas estas características psicológicas, que dan lugar a la tendencia al robo, estén siempre ligadas a una constitución individual anormal, en la que dominan particulares desviaciones instintivas y afectivas y a las que no es raro acompañen especiales condiciones orgánicas y funcionales (p.233)”.

[3] Dice Navarro (2002): “El sistema nervioso autónomo o vegetativo es un componente importante del sistema nervioso constitutivo por un complejo conjunto de neuronas y vías nerviosas que controlan la función de los diferentes sistemas viscerales del organismo. Su función global consiste en mantener la situación de homeostasis del organismo y efectuar las respuestas de adaptación ante cambios del medioambiente externo e interno […]. Así regula la respiración, la circulación, la digestión, el metabolismo, la secreción glandular, la temperatura corporal, la reproducción […]. Este sistema, como su nombre lo indica (autónomo o vegetativo) no se encuentra sujeto al control voluntario o consiente (p.553)”.

[4] Cf. p123

[5] Op cit. p123

[6] Cf. p150

[7] Cf. p150

[8] Cf. p151

[9] Cf. p152

[10] Cf. p153

[11] Cf. p154

[12] Cf. p155

[13] Cf. p155

[14] Cf. p.71

[15] Cf. p.175

4 comentarios sobre “El Agente. La antropología criminal II

  1. el articulo es suma importancia en el estudio del comportamiento y las organizaciones criminales,
    como estas actitudes influyen en las decisiones de las corporaciones y de que forman pueden llegar a desarrollar eficazmente en el correcto comportamiento de los individuos.
    Claudio Fuentes.

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  2. Podríamos decir que para mejorar el uso de los recursos policiales y de prevención del delito, estos deberían enfocarse en los hijos de delincuentes?

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    1. Hola Elías:

      Tu pregunta es sin duda de carácter fundamental desde el punto de vista eugenésico, cuya corriente estima necesario hablar en los términos en que lo planteas. Sin embargo, la respuesta a dicha pregunta tiene un carácter algo más subjetivo, pero con una solución que la sociedad, sobre la valoración de la vida, dará por respuesta.

      Existen algunas corrientes en la antropología criminal, que sostienen que el componente hereditario es fundamental para predecir el grado de criminalidad del individuo. Sin embargo, la evidencia es controversial. Así también, si la persona es normal, es decir, no siente el impulso a delinquir, podría ser influenciado en hacerlo, de modo -incluso- de sentirlo apropiado, y verlo como conductas que carecen de inconsistencia.

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  3. Me parece muy interesante este tema, sobre todo que el patrón de la delincuencia trasciende a la sociedad completa. Todos podemos traer desde nuestra génesis características delictuales. Sólo hace falta que se presenten las condiciones óptimas para caer en el delito.
    Queda demostrado en las últimas críticas policiales donde funcionarios de fuerzas armadas, específicamente de carabineros han caído en conductas reprochable por la sociedad quedándose con grandes sumas de dinerio que finalmente pertenece a todos los chilenos.
    Mario Beiza

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